En los tejados de Velmora hay gárgolas de piedra con ojos de brasa. Los vecinos juran que giran la cabeza cuando la seda se acerca a las murallas. Quien sube a verlas de cerca baja con marcas de garras en el brazo y no vuelve a hablar del tema.

Nadie sabe si protegen la aldea o si solo vigilan lo que pertenece a la Tejedora.